Recomendaciones: 5 películas de la colección «Planos secuencia» de Filmin

El plano secuencia inunda las propuestas cinematográficas y televisivas tanto como soporte narrativo como puro alarde técnico, creando una especial fascinación a lo largo del tiempo hacia ese particular recurso visual. En Filmin se han hecho eco de ello recopilando en una de sus colecciones una gran cantidad de obras que utilizan ese tipo de planos, de las que he realizado una pequeña selección para el blog. En las recomendaciones de hoy: 5 películas de la colección “Planos secuencia” de Filmin.

La soga (1940)

de Alfred Hitchcock

Dos estudiantes cometen, según ellos, el crimen perfecto. Esa misma noche, celebran una fiesta de fin de curso a la que han invitado a su tutor y profesor, experto en criminología.

La soga es conocida principalmente por dos grandes factores: por tratarse de una obra icónica dentro de la filmografía del mítico Alfred Hitchcock y por ensalzarse como la primera película filmada de forma íntegra en plano secuencia. Un reto técnico que se pudo solventar en la época al ser rodada en diversos planos secuencia correspondientes a las diferentes bobinas de las cámaras y que conjuntamente creaban un único falso plano secuencia. El alarde reforzaba la voluntad de crear una obra que se sintiera a tiempo real, en el que los cortes realizados por las limitaciones técnicas fueran prácticamente inadvertidos. En un único espacio, con marcado tono teatral y contando con un magnífico reparto encabezado por James Stewart encarnando a un astuto criminólogo, la trama criminal se abre paso entre los detallados diálogos, repletos de doble significado. El arranque del film pone sobre la mesa (o dentro de ella) el crimen ejercido por dos estudiantes, proponiendo el papel de cómplice y testigo a un espectador consciente de todo lo acontecido, conviviendo con los asesinos y siguiendo paso a paso las sospechas y errores que cometen al intentar ocultar el terrible acto cometido. Un alarde técnico y conceptual del gran maestro del suspense.

La ronda (1950)

de Max Ophüls

En la primavera de finales del siglo XIX, en Viena, el amor y el desamor van de la mano de una serie de personajes que ven sus vidas entrecruzadas.

Max Ophüls traslada su obsesión por el detalle y la elegancia en el movimiento de cámara en una de las películas más icónicas del cine francés clásico. La ronda adapta la obra teatral de Arthur Schnitzler en un film episódico en el que el protagonismo lo tienen los relatos de amor y desamor que se van encadenando a lo largo de la trama. Conducidos e influenciados por un narrador, interpretado por Anton Walbrook, que mediante su discurso contextualiza la acción y subraya de forma regular la propia estructura circular de la obra y las constantes conexiones entre los personajes. Las situaciones planteadas en el film y en la propia obra de Schnitzler, contaban con un alto grado de sexualidad para la época, pero en la actualidad se perciben como situaciones bastante ligeras de las que surgen puntuales atisbos de humor. La historia avanza a través de largos travellings que resultan altamente innovadores para la época y que permiten acompañar a unos personajes obnubilados por el amor. Ophüls desencadena su virtuosismo en una magnífica puesta en escena que consigue deslumbrar por su planificación detallista, aunque su trama quede ciertamente anclada en una obra marcada por un tiempo y una visión específica de las relaciones amorosas.

Cuentos de la luna pálida (1953)

de Kenji Mizoguchi

En el Japón fedudal, Genjuro y Tobei, dos modestos aldeanos, se dirigen a la ciudad obsesionados por perseguir sus sueños y hacer fortuna.

Cuentos de la luna pálida es una de las grandes obras maestras del cine mundial, en la que Kenji Mizoguchi, mítico director de cine japonés, consigue crear una magia especial que abraza todo el film, gracias al particular y fluido uso de largos planos secuencia y a la naturaleza fantástica del relato. Basada en una leyenda tradicional, el film centra la acción en el Japón feudal, en una época de guerra civil plagada de incertidumbre. La búsqueda del poder, la fama y la riqueza de dos campesinos que pretenden ser un reconocido alfarero y un respetado samurái, les conduce por un camino repleto de dolor, miedo y desengaño, en el que las principales víctimas son los personajes femeninos, mostrando el duro papel de la mujer en la cultura nipona. Una trama en la que las apariciones fantasmales surgen con naturalidad gracias a la particular atmósfera repleta de bellos momentos sobrenaturales, pero en la que el realismo nunca se deja de lado, consiguiendo un encaje perfecto entre fantasía y drama. Tan hermosa como misteriosa, tan onírica como costumbrista, tan sensible como cruel. Las obras de Mizoguchi, Ozu y Kurosawa, consiguieron en los años 50 acercar el cine japonés a occidente. Arigatou gozaimasu.

Utoya. 22 de julio (2018)

de Erik Poppe

Kaja es una joven de 18 años que asiste a un campamento de verano en la isla de Utoya, en el considerado peor día de la historia moderna de Noruega.

En un único y respetuoso plano secuencia, Erik Poppe traslada toda la crudeza y barbaridad sucedida en la isla de Utoya el 22 de julio de 2011, en el que se cometió uno de los actos terroristas más terribles de la historia reciente europea. Perpetrado por Anders Breivik, un hombre de 32 años de extrema derecha, la masacre de Utoya acabó con la vida de 77 jóvenes que celebraban un acto político del Partido Laborista Noruego. A través de los testimonios directos de los supervivientes, Poppe construye una intensa narración que modifica el nombre de las personas que vivieron la tragedia, pero que recrea a la perfección los sucesos y rezuma veracidad por todos los poros. Alejándose de la pura reconstrucción de la tragedia, decide poner el foco en el pánico y la enorme confusión y desorientación que vivieron las personas que sufrieron el atentado. El poder de traslación del plano secuencia consigue meternos en la acción, sufriendo en primera persona una angustia e impotencia tan crueles como necesarias para remarcar su denunciador mensaje final. El terror del fanatismo en un descenso a los infernos plasmado en tiempo real.

Hierve (2021)

de Philip Barantini

Andy Jones es el chef de uno de los restaurantes de moda en Londres. Mientras lidia con una dura situación personal, tiene que hacer frente a un servicio que le exige el máximo nivel a él y a su equipo.

Partiendo de la premisa inicial de que su director, Philip Barantini, trabajó durante 12 años en el mundo de la hosteleria, no es de extrañar que Hierve traslade a la pantalla la intensidad y el estrés de un exigente servicio en un restaurante de alta cocina. La elegancia y excelencia asociada al sector, oculta un competitivo mundo en el que la presión pone en un brete a los profesionales que forman parte de él. A través de un único plano secuencia, buscando un tono realista y con ritmo creciente, seguimos los pasos de Andy Jones, un chef superado por la situación interpretado a la perfección por el gran Stephen Graham, en un desbordante servicio de cenas con múltiples frentes que abordar. Toda persona que haya trabajado alguna vez en el sector identificará rápidamente las situaciones y personajes estereotipados que muestra la película, tanto en el bando de los clientes como entre los compañeros y compañeras de trabajo, en el que además se suma con maestría la presión que ejercen las redes sociales en el sector. Una experiencia inmersiva que muestra el lado oscuro de la gastronomia de élite y que se convierte en un viaje tan agotador y tenso como gratificante. La mejor medicina para clientes soberbios alejados de cualquier tipo de empatía. Ya lo cantaba en su día Platero y Tú: «Siempre el cliente no tiene la razón».

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