Masterclass: Sandra Tristán (pedagoga) y “El patio de mi cárcel”

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Una nueva Masterclass se abre paso en el blog para ofrecer voz experta sobre una temática a través de la crítica de una película. Hoy esa voz lleva el nombre de Sandra Tristán, pedagoga y educadora, y habla sobre el mundo penitenciario a través del análisis de la película “El patio de mi cárcel”.

Título original: “El patio de mi cárcel”

Año: 2008

Directora: Belén Macías

Guion: Belén Macías, Arantxa Cuesta y Elena Cánovas

Reparto principal: Candela Peña, Verónica Echegui, Ana Wagner y Violeta Pérez

El Patio de mi cárcel es una película inspirada libremente en el grupo de teatro Yeses creado en la prisión de mujeres de Yeserías de Madrid en 1985. La película narra la experiencia de cinco mujeres que por distintos motivos cumplen condena en la prisión de Guadalajara en los años ochenta. Isa (Verónica Echegui) es una madre soltera y enganchada a la heroína que cumple condena por atraco; es inteligente, suspicaz y está dispuesta a luchar por sus derechos, pero parece no saber vivir en libertad, lo cual la lleva a reincidir en diversas ocasiones. La llegada de una nueva funcionaria con ganas de crear mecanismos de reinserción, Mar (Candela Peña), dará un giro a la monótona vida de estas mujeres que aprenderán a canalizar sus frustraciones a través del teatro.

Viviendo entre rejas para aprender a ser “libres”

Como pedagoga (con poca experiencia laboral pero eternamente estudiante del campo de la pedagogía social), las instituciones penitenciaras siempre han generado en mí una controversia importante; ¿cómo un sistema judicial represivo, desigualitario y antidemocrático como es el nuestro, puede haber generado una institución penitenciara cuyos objetivos principales son la reinserción social y la reeducación de sus internos? Estando esto más o menos lejos de la realidad, el discurso es este. También hay que decir que luego los funcionarios que llevan a cabo las actividades de reinserción en muy pocos casos son profesionales de la educación. Pero bueno, dejando de lado al mi alegato en contra del sistema penitenciario y del intrusismo laboral en las cárceles españolas (que me vengo arriba), vamos a la película.

En primer lugar, creo que la directora logra diferenciar muy bien los dos perfiles de funcionarias de prisiones; aquellas que han opositado para tener una plaza fija y cumplir con las normas sin cuestionárselas y las que han entrado en la institución para cambiar las cosas. En este segundo perfil se encuentra Mar, una funcionaria que ha hecho sus pinitos en el teatro y que encuentra en este arte la forma de estimular y motivar a un grupo de internas que en sus horas libres se dedican a drogarse, pelearse o en el mejor de los casos a jugar al parchís. Mar, acompañará a las chicas en la creación de un grupo de teatro “Módulo 4”, donde comenzarán leyendo fragmentos de Cervantes hasta terminar encontrando en el teatro una forma de reivindicar sus derechos como presas dentro de un sistema corrompido por el poder.

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Aunque sobresale (para mal) la actuación de algunas de las internas que están realmente sobreactuadas, son tres las actrices que con su trabajo nos hacen entrar de cabeza en la historia. Verónica Echegui (Isa) hace un papelón de mujer luchadora, inteligente y con un gran problema con las drogas que le complica la tarea de encontrar herramientas para hacer frente a sus responsabilidades y llevar una vida en libertad. Ella es madre soltera de una niña de la que por su situación no podrá hacerse cargo; la niña pasará los años de su infancia entre las manos de su tío y de la abogada de ella, las únicas personas del entorno de Isa que le echarán una mano en este sentido. Tampoco tiene demasiada suerte ni criterio para escoger sus relaciones sentimentales; traiciones, drogas y poca profundidad emocional, ingredientes que la llevarán a vivir relaciones cortas y sin sentido aparente para la protagonista.

Por otro lado, Ana Wagner, en su papel como Dolores, encarna a la perfección al estereotipo de mujer que ha sido maltratada por su marido y que por fin ha abierto los ojos; su frescura al expresarse y al bromear acerca de su delito (asesinar a su marido), me ha hecho esbozar alguna sonrisa de esas que sin hablar están diciendo: ¡ole ella, qué poderío! Es una mujer gitana de unos cincuenta y largos años que se cansó de los malos tratos constantes de su marido, no encontrando otra salida que la de acabar con él. Este personaje hace que estemos en un constante vaivén de sentimientos; por un lado es entrañable que habiendo sido educada en una cultura tan conservadora, sepa desenvolverse con gracia en un entorno como es la cárcel, en el que reina la desvergüenza al tratar ciertos temas como el sexo o las drogas, y por el otro, nos hace sentir impotentes el juicio moral al que es sometida por parte de su familia.

Candela Peña lo borda en el papel de funcionaria condescendiente con sus compañeras al principio, pero que al ver las injusticias que se dan en prisión, empieza a rebelarse y hacer la función de catalizadora del proceso de empoderamiento de las internas. Es la figura salvadora de la película; ella confía en todas las presas, les da oportunidades y se implica a nivel personal en sus vidas, lo cual no sé si en la realidad hubiera hecho que acabase en un psiquiátrico o de baja por depresión, pero su papel logra que te pongas de su parte y en contra de las demás funcionarias que son malas malísimas, hasta decir basta.

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La estética de los personajes y de las escenas en general nos sitúa de lleno en los ochenta; peinados con escalados imposibles, guardias civiles con el uniforme antiguo (aunque el nuevo no sea tan diferente sorprenden tantos tricornios) y mujeres con pendientes enormes y estampados coloridos en sus ropas. Quizá lo que no sea tan acertado sea la banda sonora, ya que si bien es cierto que la canción principal “Corre Lola corre” de Ojos de Brujo, se adapta bien a la historia, se hace un poco cargante el flamenco que suena a todas horas; tal vez intentando identificar este estilo musical con las clases bajas de la época. En mi opinión se podrían haber introducido otros estilos musicales que le hubieran dado fuerza a algunas escenas con alto contenido reivindicativo.

Por la temática de la película, se podría haber profundizado en aspectos más emocionales para intentar sacar alguna lágrima fácil al espectador, pero aunque esto no ocurre en ningún momento (o al menos en mi caso), creo que se abordan casi todas las situaciones que nos preocupan de las instituciones penitenciarias: el consumo de drogas en prisión, las disputas entre internas, la institucionalización de estas, o la pérdida de contacto con familiares o seres queridos al entrar a cumplir condena.

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En definitiva, es una película que nos muestra la exclusión a la que están sometidas las presas en nuestro país y como son pocos los mecanismos que ofrece la propia institución para que estas personas tengan la oportunidad de reinsertarse y poder llevar vidas normales y libres del estigma que genera haber pasado por prisión. La película, a través de los distintos personajes, logra conjugar todos los elementos que dificultan la verdadera reinserción de las personas que han delinquido, generando así una visión holística de la situación estereotípica de una mujer presa. Todos estos elementos hacen mucho más sencillo que el espectador pueda empatizar con los personajes y entender que tal como lo manifiesta la protagonista, es difícil vivir en libertad sin sentirse libre.

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