“Verano 1993”: La edad de la inocencia

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Después del Festival de cine de Sant Cugat y las entrevistas a Iván Mulero y Carles Jofre, vuelvo a hacer una crítica un poco más profunda de una película. Cine independiente, de pequeño formato, cercano y premiado. Hoy toca hablar de “Verano 1993”.

“Verano 1993” (2017) – Vista el 05/07/2017

Título original: “Estiu 1993” (96 min.)

Director: Carla Simón

Guion: Carla Simón

Reparto principal: Laia Artigas, Bruna Cusí, David Verdaguer y Paula Robles

Género: Drama, Español, Independiente

¿De qué va? (Sin Spoilers)

Frida tiene seis años y tendrá que afrontar su nueva vida con sus tíos después de la muerte de su madre. Una nueva vida en el campo, en el verano de 1993.

Recuerdos difuminados

Al pensar en los recuerdos que tenemos de pequeños todo se difumina. Hay recuerdos de momentos, caras, olores, sonidos… Incluso hay sucesos que probablemente no existan tal cual los recordamos, y a base de rehacerlos en nuestra mente los hayamos distorsionado tanto que se parezcan sólo en esencia a lo que realmente pasó. Pero da igual. Lo que realmente importa es el recuerdo que tengamos de esos momentos vividos, tanto los buenos como los malos, y que en parte nos definen cómo somos en nuestra etapa adulta.

Cuando me pongo a pensar en los momentos que he vivido de pequeño vienen muchas cosas a mi memoria: los cumpleaños, los juegos en el patio del colegio, la merienda en el parque, los dibujos animados… Pero una imagen predomina: la playa. Mis padres nacieron en Salamanca ciudad, en el barrio de los Pizarrales, así que imagino que ese fue el factor que provoca que siempre que tuviéramos oportunidad, nos escapáramos a la costa. Allí recuerdo sobretodo jugar dónde rompen las olas, los bocadillos de tortilla de patata de mi madre, la sombrilla bajo la que caía seguro una siesta… Cosas que me encantan hacer ahora con 32 años cuando voy a la playa. Cómo comentaba antes, las cosas de la infancia, definen cómo será nuestra etapa adulta.

Hay un recuerdo en concreto que se despertó en mi cabeza al ver la película “Moonlight”, y se ha vuelto recurrente cada vez que pienso en mí de pequeño en la playa. Recordé como me enseñó mi padre a nadar. En la película aparece el personaje de Mahersala Ali cogiendo en brazos a Ashton Sanders para que flote en el agua tranquilamente. Eso me hizo pensar en mi padre poniendo los brazos en perpendicular bajo mi estómago para poder sostenerme y así poder nadar a su alrededor. Ese recuerdo estaba en mi mente, y había aparecido más de una vez, pero al ver las imágenes en la gran pantalla, volvieron fulminantes a mi cabeza. Es tal la magia del cine, que nos puede provocar cosas así. Mi padre falleció hace 3 años después de una larga enfermedad. Para mí es un recuerdo grabado a fuego en la memoria. No sé hasta qué punto es del todo real, pero sé que lo compartimos y que ahora le hubiera encantado haber visto “Moonlight” conmigo. Le encantaba el cine y desde pequeño me lo transmitió, cosa que ha hecho que de mayor sea una de mis grandes pasiones. Me repito: las cosas de la infancia, nos marcan en nuestra edad adulta.

Cine independiente lleno de naturalidad

“Verano 1993” refleja todo lo comentado antes en una película de poco más de 90 minutos. Es un reflejo fiel de los momentos que vivimos de pequeños, y como recordamos algunas cosas al detalle, y otras muchas de una forma más particular, difuminada e incluso distorsionada. En parte no acabando de saber que sucede a nuestro alrededor, sin acabar de entenderlo todo, ni siquiera nuestro propio comportamiento.

Frida ha perdido a su madre y le toca ir a vivir a la casa del campo que tienen sus tíos. No acaba de comprender que le está sucediendo, y es normal, puesto que Frida sólo tiene 6 años. Es la protagonista absoluta de la película, y como espectador seguiremos toda la trama a partir de los que vean sus ojos y lo que exprese su rostro. Eso hace que la historia se vaya sucediendo a un ritmo pausado para mostrar lo que sucede, sin precipitar los acontecimientos, e incluso edulcorando lo que sucede en algunos momentos alrededor de Frida. Los adultos tenemos la tendencia natural de proteger a los pequeños, y eso está muy bien reflejado en determinados momentos de la película. No cae en el drama fácil ni en la sobreactuación en ningún momento, todo fluye sin artificios.

Adaptarse a unos nuevos padres (sus tíos), a una nueva casa, a una nueva hermana pequeña (su prima), a unos nuevos amigos y los padres de éstos, es una situación que superaría a cualquiera, y más con seis años. El peso de la película lo tiene el personaje de Frida, a la que acompañaremos en su aprendizaje emocional a través del primer verano vivido con sus tíos y sin su madre. Laia Artigas es la pequeña que interpreta a Frida y el grado de naturalidad y realismo mostrado en su actuación es enorme. Cada año o cada cierto tiempo se habla de una actuación de un pequeño o pequeña que está al nivel de cualquier actuación adulta, el caso más reciente que me viene a la cabeza es el de Jacob Tremblay en “La habitación”. Puedo asegurar que la actuación de éste año será la de Laia. Con su mirada, sus expresiones y su comportamiento de niña, nos hace creíble absolutamente todo lo que sucede. El resto de casting está muy bien escogido y todos brillan, pero destacaría por encima de todos a Bruna Cusí, interpretando a la tía y madre forzosa de Frida. Un personaje con muchos matices y conflictos, al haber de lidiar en determinados momentos con su “familia política”. La única pega que le pongo es que muchas veces nos deja con ganas de saber más de muchos de los personajes adultos que aparecen en pantalla, o de los propios sucesos que se nos insinúan, pero no hay que perder de vista que nuestro punto de vista es el de Frida, y por lo tanto es lógico que sea así.

A nivel técnico “Verano 1993” consigue que su bajo presupuesto no sea un impedimento. Al contrario. La dirección es firme, y opta por poner la cámara siempre cerca de Frida, y siempre a su altura. Los acontecimientos que suceden a su alrededor aparecen muchas veces de fondo o desenfocados, como sucede en la propia infancia al no comprender ciertas cosas o cómo cuando intentamos recordar algo en concreto de esos años ya en la edad adulta y el recuerdo se difumina en nuestra mente. Una inteligente forma de enseñarlo que funciona muy bien y que por poner un ejemplo, se utilizó de forma mucho más extrema en “El hijo de Saúl”. Sólo peca en su inicio, cuando esa mezcla de ritmo natural y no forzado junto a esa decisión de acercamiento de la cámara, hace que se genere distancia y cueste un poco meterse en la película, pero la cosa cambia rápidamente. A nivel de producción es inevitable sentir nostalgia al presenciar determinada ropa o productos de la época (la grabadora de juguete, los helados…). Los que ahora estamos alrededor de los 30 años vivimos en esa época nuestra infancia y/o adolescencia, y eso es un factor que nos conecta con todo lo que sucede en la película.

Se trata de la ópera primera de Carla Simón, directora y guionista de “Verano 1993”. Todos los guionistas y escritores insisten de que un modo u otro lo que escriben es en parte autobiográfico, y en ésta ocasión eso se lleva al extremo. Carla sufrió de pequeña en sus propias carnes lo que Frida vive en la película.

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Resumiendo que es gerundio

“Verano 1993” no para de recopilar premios festival tras festival, destacando los ganados en Berlín y en Málaga. Se oyen campanas para los Goya, y no me extraña nada. Carla Simón dirige y escribe ésta ópera prima en la que explica lo que vivió el verano de 1993. Lo explica a través de su alter ego, Frida, una niña de seis años que acaba de perder a su madre y que le toca vivir en el campo con su tía y su tío, porqué así lo dejó estipulado su madre. Se tendrá que acostumbrar a su nueva vida, sus nuevos padres, amigos, casa, pueblo, etc. Así explicado parece un drama al uso, pero el formato usado y la delicadeza mostrada a lo largo del film, nos hace involucrarnos en la historia y verlo todo con ojos de niño o niña. La cámara se pone a la altura de Frida y muchos sucesos pasan a su alrededor sin que nos percatemos exactamente de lo que está pasando, tal cual le pasa a Frida, o tal cual le pasaría a cualquier niño o niña. Una historia trágica envuelto en la magia de la infancia, etapa en la que descubrimos el mundo y nuestra imaginación hace que veamos las cosas con un filtro diferente al de la edad adulta. Puede pecar de ritmo demasiado pausado en su arranque y de no desarrollar demasiado a los personajes adultos, pero es que aquí la protagonista total y absoluta es Frida, y el verano que vivió en 1993. Pequeña y gran película a la vez.

Lo mejor: Todo el casting de actores, en especial Laia Artigas, que consigue una actuación imponente. La sutilidad con la que se va desgranando la historia. El momento en que preparan los libros para la escuela y Frida no deja de hacer preguntas. El cierre final de la película. El fiel reflejo de la infancia.

Lo peor: El arranque peca de un ritmo demasiado pausado. En determinados momentos se echa en falta saber más de determinados personajes adultos.

Te gustará si… Eres de cine independiente, sin grandes medios, y de historias que parecen pequeñas y resultan ser muy grandes.

La odiarás si… Te va el cine más comercial o no aguantas el cine con niños pequeños como protagonistas absolutos.

Me gustó más que: La lengua de las mariposas

Me gustó menos que: El bola

Nota: 8/10

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